¿vacío de poder, disputa interna o intervención externa? – Desde dentro
Camilo A. Castillo Subeditor Internacional 25 de enero 2026, 08:01 A.M. Actualizado:25.01.2026 08:01 La posibilidad de una caída del




La posibilidad de una caída del régimen de los ayatolás en Irán, impensable durante décadas para buena parte de la comunidad internacional, reapareció en la agenda internacional. Las recurrentes protestas desde 2019, la rebelión social detonada tras la muerte de Mahsa Amini en 2022, la crisis económica, el desgaste del liderazgo religioso y el impacto de las tensiones en Medio Oriente han dado lugar a una pregunta que hoy cobra relevancia: ¿qué pasaría si el régimen colapsa? Y, más aún, ¿qué tipo de sistema político podría emerger tras casi cinco décadas de República Islámica?
Desde 1979, cuando cayó la monarquía, Irán se organiza como una teocracia en la que el poder reside en el líder supremo, actualmente el ayatolá Alí Jamenei que gobierna desde 1989. Aunque existen instituciones que podrían dar la impresión de una república -presidente, parlamento, elecciones-, estas están subordinadas a órganos religiosos como el Consejo de Guardianes (que actúa como Corte Constitucional y está integrado por seis teólogos y seis juristas) y la Asamblea de Expertos (único órgano con capacidad de revisar las acciones del líder supremo).
Y, aunque este sistema ha mostrado capacidad de resistencia, también exhibe señales claras de agotamiento.
Foto:
La economía iraní sufre el impacto de las sanciones internacionales, la inflación, el desempleo juvenil y la corrupción. A ello se suma una profunda brecha generacional: más del 60 por ciento de la población nació después de la revolución islámica y no se identifica con los valores que dieron lugar a su origen.
En este contexto, las mujeres, los jóvenes urbanos y las minorías étnicas se han convertido en el principal motor de las recientes protestas, en lo que para numerosos analistas representa un desafío directo a la autoridad religiosa.
“Además, hay presiones de Estados Unidos y también de Israel, ataques contra el territorio para destruir su programa nuclear; es decir, hay una bomba de relojería en el interior del país”, señaló Ignacio Álvarez-Ossorio, catedrático de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad Complutense de Madrid y miembro del Consejo Académico del CEARC.
Pero para entender un posible colapso del régimen iraní es necesario volver al origen de la República Islámica.
¿La historia se repite?
La caída del sha Mohamed Reza Pahlavi no fue un estallido repentino, sino un proceso de radicalización que se aceleró desde 1975 con el aumento de la represión y la imposición del partido único Rastakhiz, como recuerda el académico León Rodríguez Zahar en su investigación La revolución islámica-clerical de Irán, 1978-1989.
En 1977, las protestas en los cinturones de miseria -los barrios marginales de Teherán- pusieron en evidencia la crisis, misma que se agravó posteriormente por la muerte de Mustafá Jomeini, hijo del ayatolá Jomeini, entonces exiliado.
El punto de quiebre llegó en 1978. Los disturbios en Qom -tras la publicación de un artículo de la prensa oficial contra Jomeini- dieron inicio a un ciclo de protestas cada 40 días, mientras que el incendio del Cine Rex en Abadán, que dejó más de 400 muertos, provocó una fuerte indignación entre los iraníes.
Detrás de esas movilizaciones estaba una economía desbordada por el boom petrolero de los años setenta, que generó una inflación superior al 100 por ciento entre 1973 y 1976, según datos del Banco Mundial, y concentró la riqueza en una élite, seguida por recesión y desempleo tras los ajustes de la monarquía.
La crisis trascendió lo económico. La occidentalización acelerada -a través de la llamada Revolución Blanca-, la marginación del clero -afectado por reformas agrarias y excluido de la vida pública-, la orden de reprimir las protestas -que dejó miles de víctimas- y la violencia del servicio secreto irani (Savak) convirtieron a los líderes religiosos en los impulsores del descontento social.
A ello se sumó la percepción del sha como un aliado subordinado de Estados Unidos, una combinación de factores que desembocó en la salida de Mohamed Reza Pahlavi del país en enero de 1979, el regreso del ayatolá Ruhollah Jomeini un mes después y el referendo de marzo, que culminó con una votación mayoritaria a favor del establecimiento de una República Islámica.
Foto:
Los desafiantes escenarios que puede enfrentar Irán de caer el régimen
La experiencia de 1979 no solo explica cómo cayó la monarquía, sino que ofrece pistas sobre los riesgos y las dinámicas de una eventual caída del gobierno iraní. Al igual que entonces, el régimen enfrenta una grave crisis económica, pérdida de legitimidad, represión política y un profundo descontento entre amplios sectores de la sociedad.
“Hay muchas similitudes, entre otras cosas porque hay un malestar popular generalizado con un gobierno que tiene un déficit de legitimidad, lleva casi 50 años en el poder, es un régimen completamente autoritario, represivo y brutal que cada vez que hay movilizaciones populares recurre a la fuerza para intentar acallarlas, y la situación ahora mismo es explosiva”, añade Álvarez-Ossorio.
Sin embargo, a diferencia del periodo que antecedió a la revolución islámica, hoy no existe un liderazgo opositor unificado ni un proyecto político que articule el descontento, lo que añade más incertidumbre.
La gran mayoría de opositores están en el exilio (incluida la familia Pahlavi), otros han sido encarcelados o silenciados (entre otros, varios reformistas como el ex primer ministro Mir-Hosein Musaví), y muchos más cuentan con poco respaldo popular (como los Muyahidines del Pueblo de Irán en el exilio). A esto se suma que los movimientos sociales carecen de una dirección política centralizada, como ocurre con el movimiento ‘Mujer, Vida y Libertad’ que aglutina a grupos pequeños y diversa cuya base común es una identidad de izquierda.
La caída abrupta del régimen -ya sea por una revuelta masiva, una fractura interna o la muerte del líder supremo sin una sucesión clara- abriría, para varios analistas, un escenario de vacío de poder.
De ahí que, para Álvarez-Ossorio, la transición debería recaer en una figura surgida desde dentro del propio régimen, perteneciente a los sectores más moderados y reformistas, capaz de conducir el cambio sin desmantelar las estructuras de poder -en particular el ejército y la administración- y evitar así que el país termine en caos.
No obstante, un escenario de transición controlada no elimina los riesgos. En ausencia de una autoridad civil o religiosa clara, las instituciones más cohesionadas del sistema -las fuerzas de seguridad- podrían intentar ocupar dicho vacío.
En este grupo destacan la Guardia Revolucionaria (CGRI) y la Basij, un cuerpo paramilitar que, según Amnistía Internacional, “se emplea con mucha frecuencia como fuerza auxiliar para mantener el orden público y reprimir la disidencia”.
El peligro, advierten algunos analistas, es que estos actores busquen imponer un gobierno militar o un “orden revolucionario” sin la tutela del clero.
Sin embargo, este desenlace no es automático o necesariamente el más probable.
Para Hamidreza Azizi, investigador no residente del Consejo de Oriente Medio para Asuntos Globales en un análisis publicado el pasado 19 de enero en su blog, la Guardia Revolucionaria no está diseñada para derribar el sistema, sino para preservarlo.
“La Guardia Revolucionaria es una institución construida como un centro de poder paralelo, integrada en el sistema y vinculada por múltiples niveles de coordinación interna y lealtad externa. Está estructuralmente orientada a preservar el orden existente en lugar de derrocarlo”, opina.
En ese sentido, incluso un eventual vacío de poder no implicaría una transición democrática en el corto plazo, sino más bien una fase de incertidumbre.
“Las cohortes más jóvenes dentro del CGRI, especialmente en puestos técnicos y de mando de nivel medio, no se vieron influenciadas por la guerra entre Irán e Irak, sino por los acontecimientos regionales posteriores a 2003. (…) Priorizan la disuasión, la influencia regional y la capacidad del Estado, a menudo extrayendo lecciones del colapso estatal y la guerra indirecta en zonas como Siria, en lugar de la mitología revolucionaria. Esto genera una forma de pragmatismo operativo, es decir, una mayor atención a los costes, la sostenibilidad y la flexibilidad táctica, sin implicar moderación ideológica ni liberalización política”, añade Azizi.
Foto:
A ese escenario se suma otro factor no tan visible: la diversidad étnica, religiosa y territorial del país. Persas, kurdos, baluches, árabes, azeríes y turcomanos conviven dentro de fronteras que han sido históricamente contenidas por un Estado represivo. La caída del régimen podría revivir tensiones del pasado y abrir nuevos focos de inestabilidad en distintas regiones del país.
Regiones como el Kurdistán iraní, Sistán y Baluchistán o Juzestán -ricas en recursos y con fuerte presencia de minorías- podrían convertirse en focos de conflicto si perciben una oportunidad para reclamar autonomía o independencia. “Luego, efectivamente, un riesgo es que el país entre en una cascada no de guerra civil, sino de movimientos secesionistas en algunas zonas que han sido tradicionalmente relegadas a un segundo plano por el poder”, añade Álvarez-Ossorio.
Además, la presencia de grupos armados, tanto afines al régimen como opositores, aumentaría según los analistas el riesgo de choques internos, por lo que una guerra civil como la de Siria no sería inevitable.
¿Monarquía o república? El dilema político
Uno de los debates más visibles en la oposición iraní es el retorno de la monarquía, representada simbólicamente por Reza Pahlavi, hijo del último sha. Para algunos sectores, especialmente en el exilio, la monarquía constitucional podría ofrecer una figura unificadora y una ruptura detinifita con el régimen islámico.
“Me presento para liderar esta transición nacional, no por interés personal, sino como servidor del pueblo iraní”, dijo Pahlavi a la cadena BBC hace un año. Su planteamiento es que sea la ciudadanía la que defina, mediante un referendo, si Irán debe convertirse en una monarquía constitucional o en una república. Antes de ello, sostiene, sería necesario un gobierno de transición que evite el estallido de conflictos internos.
Sin embargo, dentro de Irán, el apoyo a una restauración monárquica es limitado y controvertido. La memoria del autoritarismo del sha, la represión de la policía secreta y la desigualdad social previa a la revolución sigue pesando en el recuerdo de los más viejos.
“Pahlavi, hay que recordar, salió del país hace prácticamente 50 años, que en 50 años no ha vuelto y, por lo tanto, no tiene ningún tipo de red de apoyo; parece más bien que es el candidato de Israel que del interior de Irán, y para buena parte de la población iraní es considerado el ‘gran satán’”, afirma el experto del CEARC.
Tampoco hay que olvidar que la monarquía de los Pahlavi no estaba inherentemente ligada a la historia política y social de Irán desde la antigüedad, pese a que el sha Mohammad Reza promovió la famosa celebración de los 2.500 años del Imperio persa en 1971 con el objetivo de ligar su gobierno con los antiguos imperios persas. En realidad, la dinastía Pahlavi había sido fundada apenas en 1925 por Reza Shah, un militar que tomó el poder al derrocar a la dinastía Qajar.
En ese sentido, la alternativa más mencionada entre los iraníes en el exilio es una república laica, con separación entre religión y Estado, elecciones libres y garantías de derechos civiles. El problema es que esta opción carece, por ahora, de una estructura política capaz de materializarla rápidamente.
¿Intervención extranjera?
Irán es un actor geopolítico central en Medio Oriente, no solo por su posición geográfica y su peso demográfico -más de 95 millones de personas-, sino también por su rol como nodo de un conjunto de alianzas que abarca desde milicias chiitas hasta Estados que buscan contrarrestar la influencia occidental en la región. Por ello, cualquier cambio de régimen tendría impactos inmediatos.
En este escenario, las amenazas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cobran una relevancia aún mayor. Desde que el 28 de diciembre arrancaron las protestas, el republicano ha dicho que Washington está considerando “opciones muy fuertes” e incluso potenciales acciones militares si el régimen continúa reprimiendo violentamente las movilizaciones.
Foto:
Según un análisis reciente del Council on Foreign Relations, las amenazas de Trump aumentan “la percepción de que Estados Unidos podría intervenir militarmente en Irán”, algo que, aunque novedoso -administraciones estadounidenses anteriores expresaron su solidaridad con los manifestantes, pero no sugirieron una estrategia tan contundente-, su concreción sigue siendo incierta. Aun así, la sola posibilidad ya está influyendo en las decisiones políticas y militares de varios gobiernos de la región.
Para los analistas, Estados Unidos -y de paso Israel- ven la crisis de régimen como una oportunidad para desarticular el llamado ‘Eje de la Resistencia’ y a la vez debilitar definitivamente la influencia iraní sobre Hezbolá en el Líbano, Hamás en Gaza y los hutíes en Yemen.
En contraste, Rusia y China, aunque han tomado distancia de Irán, buscarían proteger sus inversiones y vínculos políticos, y evitar que un eventual vacío de poder abra la puerta a una mayor influencia occidental.
Arabia Saudí y las monarquías del Golfo, por su parte, intentarían contener a Irán sin precipitar una guerra abierta que termine por desestabilizar aún más el mercado energético.
No obstante, la intervención de Estados Unidos no sería necesariamente una de orden militar directa. Las opciones que se barajan podrían incluir ciberataques estratégicos, apoyo a facciones internas, sanciones económicas más severas, campañas diplomáticas de aislamiento y presión multilateral a través de organizaciones internacionales.
“Si algo nos enseñó la caída de Saddam Hussein en el año 2003 es que no se puede sustituir de la noche a la mañana a las estructuras de poder porque esto es condenar al país al caos y a la violencia”, advierte Álvarez-Ossorio.
Sin embargo, el debate sobre una eventual intervención extranjera no se limita al plano estratégico ni a los cálculos de las potencias. Dentro de la propia sociedad iraní -incluidos sectores abiertamente opositores al régimen- la idea de una injerencia externa genera divisiones.
Mientras algunos temen que cualquier acción liderada por Washington reproduzca escenarios de caos como los vividos en Irak o Libia, otros consideran que, dadas las condiciones internas, la caída de la teocracia es inviable sin algún tipo de respaldo internacional.
“Es indignante que el mundo permita que Trump tome decisiones sobre otros países. Requerimos un rescate internacional del pueblo iraní que nos libere del yugo de un gobierno ilegítimo y ocupante. Pero el mundo le está permitiendo al señor Trump fungir ese papel. Lo que queremos es recuperar nuestra tierra de las garras de la inquisición islamista. Entendemos que no podemos hacerlo solos porque estamos desarmados y bajo el sometimiento de un gobierno que está armado hasta los dientes. Por eso, necesitamos ayuda externa para derrocar a la teocracia islamista”, sostiene Nilufar Saberi, activista iraní por los derechos humanos y referente del movimiento ‘Mujer, Vida y Libertad’.



