Panel de expertos de la ONU sobre drogas, ¿otra extensión del problema? – Desde dentro
Comisión de Estupefacientes de las Naciones Unidas (CND) creó un panel de expertos el 12 de marzo de 2026

Comisión de Estupefacientes de las Naciones Unidas (CND) creó un panel de expertos el 12 de marzo de 2026 para contribuir a la revisión global de la política de drogas, prevista para 2029. Este panel fue impulsado por las solicitudes de Colombia en los últimos años ante la Comisión.
A primera vista, la decisión parece importante. Y eso se debe a que no todos los días el sistema internacional admite, ni siquiera indirectamente, que necesita asistencia técnica adicional para examinar su propia trayectoria.
Pero es importante no confundir una señal de malestar institucional con una reforma real.
El problema no radica en la creación misma del panel, sino en el hecho de que el sistema que lo convoca todavía no define claramente qué quiere lograr, cómo medirá el éxito y qué costos está dispuesto a reconocer como resultado de sus propias políticas. Sin abordar estas cuestiones, el panel corre el riesgo de emitir recomendaciones elegantes para abordar, no superar, el fracaso acumulado.
mira la historia
Para comprender las implicaciones del panel, debemos observar la trayectoria del sistema de control internacional de drogas durante las últimas décadas. Desde finales del siglo XX, la política global en este ámbito ha operado con una lógica repetitiva: se fijan metas ambiciosas, luego se confirma que no se cumplieron plenamente, se confirma el marco general y se adelanta el horizonte temporal.
Este proceso se inició en el período extraordinario de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas de 1998 para combatir el problema mundial de las drogas (Ungass, 1998), cuya declaración política adoptó el artículo 19, que exige «la eliminación o reducción significativa del cultivo ilícito del arbusto de coca, la planta de cannabis y la adormidera para el año 2008».
En 2008, el objetivo estaba lejos de alcanzarse. Pero en el discurso de apertura de la reunión de la CND de ese año, Antonio María Costa, director ejecutivo de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), reafirmó el éxito de la política antidrogas, señalando que el «problema de las drogas» estaba bajo control, si no resuelto.
En su opinión, el hecho de que las muertes causadas por el consumo de drogas legales, como el alcohol y el tabaco, superen con creces las asociadas a las drogas ilegales respalda la eficacia del prohibicionismo.
Reunión de la Comisión de Estupefacientes de 2008 debería haber sido el escenario para evaluar la eficacia de la política antidrogas de la UNGASS de 1998.
Sin embargo, se limitaron a presentar varios documentos que servirían de punto de partida para una reflexión cuyo debate final quedó reservado para la sesión de 2009. En la comisión de estupefacientes de 2009 se debatió la política de reducción de daños.
La Declaración Política final de Viena propugnó la promoción de una sociedad libre del uso indebido de drogas, para que todos pudieran vivir con salud, dignidad, paz, seguridad y prosperidad.
Al final, se confirmaron las políticas existentes y hubo confianza en que diez años después los resultados serían más positivos.
Cumplidos los plazos establecidos para 2019 y ahora de cara a 2029, las discusiones sobre drogas ilegales continúan gestionándose principalmente a través de la prohibición, el control del crimen, la erradicación de cultivos, la persecución del tráfico de personas y la restricción del consumo.
Esto a pesar de que el discurso internacional ha incorporado con más fuerza la idea de que la «mano de hierro» no ha producido los resultados prometidos, que el problema de las drogas no puede reducirse a la represión policial y que los países productores y los países de tránsito han soportado costos desproporcionados.
Pero una cosa es reconocer que ciertos instrumentos están agotados y otra muy distinta repensar el problema desde su raíz.
Esa consideración aún no se ha producido. La principal debilidad del régimen sigue siendo que nunca ha definido con precisión cuál es el objetivo operativo de su política.
¿Reducir el abuso? ¿Reducir los daños a la salud? ¿Reducir la violencia en los mercados ilegales? ¿Debilitar la economía del crimen organizado? ¿Proteger los derechos humanos? ¿Garantizar el acceso a medicamentos controlados? ¿Promover el desarrollo alternativo? Todos estos objetivos pueden ser legítimos, pero no son equivalentes entre sí, ni responden a la misma lógica causal, ni se persiguen con los mismos instrumentos.
Cuando un sistema intenta perseguirlos todos a la vez, sin priorizarlos ni medir sus tensiones, termina evaluándose de manera ambigua y justificándose por inercia.
La decisión de establecer un panel de expertos debe leerse en este contexto: la Comisión de Estupefacientes entiende que la revisión de 2029 no puede limitarse al lenguaje diplomático habitual.
Necesita una mediación experta que ayude a organizar un debate que es cada vez más difícil de sostener con categorías tradicionales.
Pero el diseño del panel en sí muestra los límites de la apertura. El nuevo organismo fue creado para «contribuir» a los objetivos de 2029, para formular recomendaciones, no para revisar críticamente el marco que ha guiado la política internacional sobre drogas durante décadas.
Y ahí surge la primera preocupación seria: si el panel debe trabajar dentro de un mandato ambiguo, con objetivos mal definidos y sin la obligación de revisar los costos sistémicos de la prohibición, su margen para la innovación será muy limitado.
A lo anterior surgen dudas que plantea su composición. Formalmente se presenta como un grupo multidisciplinar, pero hay un claro enfoque en los perfiles sanitarios y asistenciales. Hay médicos, psiquiatras y expertos conectados al aparato institucional de control de drogas.
Hay una débil presencia de especialistas en economía política, mercados ilícitos, desarrollo rural, instituciones, violencia criminal o historia comparada de la producción de drogas.
Este sesgo es importante porque el problema mundial de las drogas no es sólo una cuestión clínica o simplemente una cuestión de consumo problemático.
También es un problema de incentivos financieros, estructuras de mercado ilegales, desigualdad territorial, corrupción y gobernanza. Si el análisis parte de una visión demasiado centrada en la salud y la supervisión individuales, la comprensión del fenómeno será necesariamente limitada.
Metas vagas
La crítica más importante al panel es también la más fundamental: no puede evaluar con precisión una política cuyos objetivos no están definidos operativamente.
El discurso internacional sobre las drogas habla de bienestar, salud, seguridad, desarrollo y derechos humanos, pero no especifica exactamente qué variable debe considerarse decisiva para evaluar los resultados.
Ésta no es una objeción académica menor. Si no se sabe exactamente qué es el éxito, tampoco se puede decidir qué instrumentos son apropiados, qué costos son aceptables y qué compensaciones son inaceptables.
Una política puede reducir ciertas cosechas y al mismo tiempo aumentar la violencia y el desplazamiento. Puede reducir algunos mercados visibles y al mismo tiempo fortalecer otros más rentables y violentos. Puede reducir temporalmente la oferta local y al mismo tiempo aumentar la corrupción, el hacinamiento en las cárceles o el poder de las organizaciones criminales.
Por lo tanto, el panel debe comenzar con una pregunta que el régimen ha evitado durante mucho tiempo: ¿cuál es el objetivo principal de la política mundial de drogas para 2029? Y luego una segunda: ¿cómo se mide este objetivo con indicadores comparables, auditables y políticamente relevantes?
Si esas preguntas no tienen respuesta, todo lo demás pasa a ser secundario.
La política internacional dominante ha operado sobre una premisa simplista: las drogas que alteran la mente son malas; Por lo tanto, se debe prohibir su producción, comercio y consumo para evitar abusos y daños sociales.
Esa premisa es analíticamente insuficiente. El fenómeno de las drogas no puede reducirse al consumo. Tiene al menos tres dimensiones diferentes, que requieren explicaciones separadas pero articuladas: producción, comercialización y uso.
La primera pregunta es por qué unos países producen y otros no, incluso cuando tienen las condiciones necesarias para ello. El segundo es cómo funciona una cadena de valor ilegal bajo prohibición y qué incentivos genera la ilegalidad para la violencia y la corrupción.
La tercera es por qué algunas comunidades tienen patrones de uso problemático más severos que otras y qué papel juegan allí factores como el empleo, la educación, la vivienda, el deterioro social o la exclusión.
Si el panel no reorganiza la discusión en torno a estas cuestiones causales, repetirá un error clásico: tratar los síntomas visibles sin comprender los sistemas que los producen.
El debate internacional suele partir de un supuesto razonable: el uso problemático de determinadas sustancias deteriora la salud física y mental de las personas y genera costes familiares y sociales.
Es verdad. Pero el debate se vuelve intelectualmente erróneo cuando ignora el otro lado del problema: la prohibición en sí misma genera enormes costos sociales.
La definición de «salud» de la OMS incluye no sólo dimensiones físicas y mentales, sino también sociales. Y si se toma en serio, no basta con medir la sobredosis, la adicción o el acceso al tratamiento.
También debemos medir la violencia letal, la corrupción, la destrucción institucional, el encarcelamiento masivo, el crecimiento de las economías ilegales, la captura territorial y el despilfarro de recursos públicos.
Todos estos son daños sociales. Todo afecta las condiciones de vida, la gobernanza y las oportunidades de millones de personas. Y muchos de ellos no son efectos del consumo per se, sino de la forma en que se organiza el mercado bajo la prohibición.
Un panel que analice sólo los daños del consumo y no los daños de la ilegalidad generados por la prohibición producirá inevitablemente un diagnóstico sesgado. No porque sus miembros actúen de mala fe, sino porque, para empezar, su marco de observación será incompleto.
El principal peligro del panel no es que no diga nada interesante, sino que, bajo el manto de objetivos nobles y referencias generales a los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), acabe justificando la continuidad de un régimen que no se ha tomado en serio sus propias contradicciones.
Sucederá si el panel evita responder preguntas complejas. ¿Cuánto del daño total proviene del uso problemático y cuánto de la estructura criminal creada por la prohibición? ¿Qué combinación de salud pública, regulación diferenciada, desarrollo alternativo, reforma de la justicia penal y control financiero produce mejores resultados según objetivos específicos? ¿Qué explica por qué algunos países han dejado de ser productores, mientras que otros siguen atrapados en economías ilegales? ¿Cómo se incorporan los determinantes sociales de la salud en los análisis de políticas de drogas?
El tablero sólo será útil si abandona la comodidad del lenguaje tradicional y entra en el difícil terreno de la definición precisa, la causalidad compleja y la evaluación total de los costos.
De lo contrario, servirá para lo que han servido tantas declaraciones anteriores: cambiar los objetivos, renovar la retórica y preservar el marco.
Cuando eso sucede, no nos enfrentamos a una solución. Simplemente nos enfrentamos a otra forma de perpetuar el problema y posponer su solución.
Doctor en Economía, ex miembro de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes de la ONU, cofundador de Razón Pública. (**) Razón Pública es un think tank sin fines de lucro que tiene como objetivo asegurar que los mejores analistas tengan más influencia en la toma de decisiones en Colombia. Este artículo ha sido editado por razones de espacio.