Los departamentos más afectados son Cauca, Antioquia y Valle – Desde dentro
Pablo Flórez Narváez, dirigente deportivo y reconocido activista social, no tuvo tiempo de celebrar el Año Nuevo con sus




Pablo Flórez Narváez, dirigente deportivo y reconocido activista social, no tuvo tiempo de celebrar el Año Nuevo con sus seres queridos. Dos días después de Navidad fue asesinado en la comuna de Arboletes en Urabá Antioquiauna de las subregiones más afectadas por la violencia en Antioquia, que a su vez es uno de los departamentos con más casos de líderes sociales asesinados.
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El cuerpo de Flórez Narváez fue encontrado la mañana del jueves en su casa del barrio San Agustín por sus familiares que habían vivido extrema violencia. Según información preliminar, La víctima sufrió más de 20 heridas causadas por armas cortantes y el nivel de brutalidad causó una profunda conmoción entre la comunidad y las autoridades locales.
Pablo Flórez Narváez, líder social asesinado en Urabá Antioquia. Foto:Redes sociales
La Policía de Antioquia y la Fiscalía General de la República se han hecho cargo de la investigación del crimen, pero hasta el momento no se han realizado detenciones ni se ha establecido un motivo claro. A medida que avanzan las investigaciones, Según el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), Arboletes se despide de un líder que dejó huella en el deporte y cuya muerte se convirtió en el último caso registrado de una larga lista de asesinatos ocurridos este año.
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En 2025 Según el balance consolidado de casos registrados mes a mes, al menos 187 activistas sociales fueron asesinados en diversas regiones del país. Las cifras muestran una violencia continua, concentrada territorialmente y dirigida principalmente contra quienes apoyan los procesos comunitarios, comunitarios e indígenas.
Disidentes del frente «Dagoberto Ramos», del «Estado Mayor Central», en el retén ilegal del Cauca. Foto:Joaquina Sarmiento. AFP
Cauca volvió a ser nombrado el departamento más mortífero con 48 asesinatos, lo que representa más de una cuarta parte de todos los asesinatos en el país. Le siguió Antioquia con 31 casos y el Valle del Cauca con 20. En estos territorios, históricamente disputados por estructuras armadas ilegales, economías ilícitas y redes criminales, el control social sigue siendo un factor importante de violencia. Norte de Santander con 15 casos y Bolívar con 11 casos cerraron el grupo de departamentos con mayor nivel de victimización.
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A nivel municipal, este fenómeno adquiere características aún más inquietantes. Tibú, en Norte de Santander -golpeada por la escalada de violencia que mantiene en jaque a la subregión del Catatumbo en medio de enfrentamientos entre disidentes de las FARC y el ELN- y Calamar, en Guaviare, encabezaron la lista con ocho asesinatos cada uno. En ambas comunas, los crímenes se concentraron en períodos cortos, lo que sugiere acciones sistemáticas contra las autoridades locales.
Pobladores y familiares de las víctimas de la masacre protestaron en la zona rural de Calamar. Foto:Mauricio Moreno
El caso Calamar conmocionó al país después de que ocho aldeanos fueran encontrados muertos en una fosa común en agosto, casi tres meses después de su desaparición. Varios de ellos eran líderes religiosos y, según las investigaciones, fueron asesinados por disidentes armados por venir de Arauca y acusarlos infundadamente de pertenecer al ELN.
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Cali, con seis casos, aparece como la principal ciudad afectada por la enfermedad, mientras varios municipios del Cauca -como Toribío, Páez y Santander de Quilichao- repiten en el ranking, confirmando la presión armada sobre las autoridades locales del suroeste de Colombia.
Los líderes comunitarios fueron los que más sufrieron (52 asesinatos), seguidos por los líderes comunitarios (44) y los líderes indígenas (39). Juntos, estos tres grupos representan más del 70% de los casos. Se trataba en su mayoría de personas que actuaban como portavoces locales, presidían órganos de acción social, defendían el territorio o gestionaban procesos de sustitución, organización social y defensa de derechos colectivos.
También hubo asesinatos de líderes campesinos (18), políticos (17) y dirigentes sindicales (13), lo que confirma que la violencia no distingue entre lo social y lo institucional.
Los líderes indígenas también son particularmente vulnerables. Foto:Juan Barreto. AFP
Los meses más críticos fueron marzo y julio, con 21 asesinatos cada uno, pero en enero, febrero, abril y mayo se registraron más de 18 casos. Incluso en el último trimestre del año, cuando la violencia había tenido una tendencia histórica a la baja, entre octubre y diciembre se reportaron 33 homicidios. El patrón es claro: no ha habido un mes sin asesinatos y una aparente tregua territorial.
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El balance de 2025 deja una conclusión inquietante. La violencia contra líderes sociales ya no es un fenómeno episódico o marginal, sino más bien un mecanismo estructural de control territorial que persiste a pesar de las alertas tempranas, las promesas oficiales y los cambios de políticas. Mientras estos territorios se disputen a sangre y fuego, ejercer liderazgo social en amplias zonas del país seguirá siendo una actividad de alto riesgo y con consecuencias mortales.
Stefania León Arroyave
NACIÓN



