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EL TIEMPO lleva más de un siglo contando las historias de las ciudades de Colombia – Desde dentro

Stefania León Arroyave Comunicadora social y periodista (Universidad de la Sabana) 29 de enero de 2026, 21:28 Actualización: 29/01/2026

EL TIEMPO lleva más de un siglo contando las historias de las ciudades de Colombia

 – Desde dentro
Stefania León Arroyave

Comunicadora social y periodista (Universidad de la Sabana)

La historia de Medellín no puede contarse sin las páginas de EL TIEMPO, periódico que desde hace más de 94 años ha sido espejo y memoria de una ciudad que ha aprendido a caminar sobre sus propias cenizas. Durante más de noventa años, las páginas escritas y digitales de EL TIEMPO han sido testigos de la transformación de la ciudad, desde el lamento por la violencia hasta el asombro ante la vanguardia, documentando una de las metamorfosis urbanas más profundas del país en el último siglo.

115 años de EL TIEMPO contando las historias de Colombia.

Foto:Archivo. TIEMPO

La llegada de EL TIEMPO a Medellín se consolidó el 1 de septiembre de 1931, cuando el periódico, bajo el liderazgo de Eduardo Santos, inició su distribución aérea desde Bogotá. La capital, Antioquia, tenía aproximadamente 150.000 habitantes y una próspera industria textil. Allí, el diario competía con más de 60 publicaciones locales, e inicialmente los ejemplares llegaban a Puerto Berrío por vía aérea y luego por tren a la ciudad, hasta que en 1933 el uso del aeropuerto de Las Playas permitió las entregas directas a primera hora de la mañana.

Durante las décadas de 1930 y 1940, el corresponsal evolucionó de una colaboración informal y explícitamente política a una estructura profesional. Figuras como Jesús Muñoz Cano y Ricardo Mejía Ángel sentaron las bases de la profesión en la región, pero no fue hasta 1948, con la contratación de Gildardo García Monsalve, que se inició el giro hacia un periodismo más informativo e imparcial.

Después del retiro de García en 1968, la oficina de Medellín soportó una década de inestabilidad y rotación gerencial hasta la llegada de Juan José Hoyos en 1978. Su liderazgo de ocho años no sólo devolvió la estabilidad administrativa al corresponsal, sino que también marcó el comienzo de un período de gloria para el periodismo narrativo. Desde entonces, el periódico ha fortalecido su presencia en Antioquia a través de colaboraciones con distinguidos reporteros y fotógrafos, confirmando su vocación como un periódico nacional con alcance regional. Posteriormente arribaron al domicilio indicado Luis Cañón de Bogotá y Pedro Nel Valencia de Medellín. Luego estaban Mauricio Correa, Adriana Vega, Francisco Jaramillo, Jorge Iván García y María Alejandra Rodríguez.

Entre tantas historias registradas en tinta y papel, hay tres que han marcado la historia de Medellín:

Cierre de la Era de las Sombras

El 3 de diciembre de 1993, la tinta del periódico estaba más espesa que nunca cuando el titular decía: «¡Por fin ha caído!». Durante años, el cartel de Medellín y la figura de Pablo Escobar dictaron un programa de terror que empapó de sangre nuestras portadas con bombas y asesinatos. Tapar una caída de tejado en la colonia Los Olivos no fue sólo un acto judicial; Para EL TIEMPO fue el registro del primer suspiro de alivio de una nación que finalmente había cerrado el capítulo de oscuridad absoluta.

El surgimiento del metro y su cultura.

Tras el estruendo de las balas, la ciudad buscaba un nuevo sonido que reconstruyera su identidad. En noviembre de 1995, nuestras páginas anunciaban con orgullo que «La Metromanía se había apoderado de Medellín». La inauguración de la línea A fue descrita no simplemente como una hazaña de ingeniería, sino como el nacimiento de un símbolo de esperanza. A partir de ese momento, durante 30 años, registramos cómo la ciudad pasó de 2 a 12 líneas amparadas por una «Cultura Metro», que se convirtió en un pacto social de respeto y civismo, demostrando que el orden puede florecer en el corazón de una comunidad marcada por la violencia.

Maravilla del mundo en 2013.

En marzo de 2013, el mundo confirmó lo que nuestros reporteros decían en las calles: Medellín fue reconocida como la ciudad más innovadora del mundo. Competir y derrotar a gigantes como Nueva York y Tel Aviv en el concurso del Wall Street Journal fue un hito que describimos con especial emoción. En nuestros anales, las escaleras mecánicas y los parques biblioteca de la Comuna 13 se han convertido en templos de la vida, donde los libros y las obras de arte han reemplazado al rifle, afirmando la resiliencia paisa ante los ojos del planeta.

Esta ciudad, que antes ahuyentaba a los visitantes por miedo, ahora recibe a millones con los brazos abiertos, y este cambio lo hemos ido notando paso a paso desde hace casi cien años.

Un cruce de caminos con alma rural, rodeada de una ubicación privilegiada, rica en naturaleza y biodiversidad, custodiada por la Cordillera Occidental, el Océano Pacífico y vías claves de comunicación directa hacia el oriente y sur del país, se ha convertido a la postre en una de las ciudades más importantes de Colombia.

Este proceso se inició en 1911, cuando Cali, fundada en 1536 por Sebastián de Belalcázar, estaba próxima a cumplir su primer año de existencia como capital del entonces recién creado departamento del Valle del Cauca (1 de abril de 1910), bajo la administración del médico, escritor y periodista Ignacio Palau.

Este cambio administrativo, que la transformó de provincia del gran Cauca, desde Popayán a Cartago, a capital del nuevo Valle del Cauca, impulsó a la ciudad a emprender un vertiginoso proceso de modernización que redefinió la vida social y económica de la región.

Bajo estas nuevas condiciones, en 1911 la ciudad ya contaba con una Cámara de Comercio, una archidiócesis y un tranvía, que en 1921 ya era eléctrico y recorría algunos distritos de la ciudad. En 1928, la capital del Valle del Cauca tenía 75.670 habitantes. En las décadas siguientes, la población siguió creciendo gracias a la migración de familias de otras regiones del país, atraídas por las nuevas oportunidades laborales generadas por el Ferrocarril del Pacífico y la reactivación de la industria agrícola, liderada por los ingenios azucareros.

Cali también es tragedia y esperanza. Así quedó demostrado el 7 de agosto de 1956, en plena dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla, quien enfrentó la oposición de diversos movimientos sociales y cuyo autoritarismo lo había llevado casi un año antes a ordenar el cierre de el 3 de agosto de 1955.

El 6 de agosto de 1956, diez camiones militares cargados con 1.053 cajas de dinamita fueron transportados desde Buenaventura a Bogotá con fines de obras públicas. Pero se detuvieron en Cali, en la carrera 2, entre 25 y 26, frente a la antigua estación del Ferrocarril del Pacífico. A primera hora de la mañana, los vehículos explotaron ruidosamente, destruyendo manzanas enteras y provocando la muerte de más de 4.000 personas.

Este evento, que llenó de desesperanza y tristeza a la creciente ciudad, se convirtió también en una oportunidad para resurgir de las cenizas y al año siguiente poner en marcha la Feria de la Caña, que luego se convirtió en la Feria de Cali.

Sin duda, los VI Juegos Panamericanos de Cali en 1971 dividieron la historia de la ciudad en dos partes. Este evento marcó la transformación de Cali en una gran metrópolis que amplió su territorio, construyó modernos edificios e impulsó una cultura deportiva que hoy la consolida como la Capital del Deporte de América.

Además, hubo un desarrollo cultural cuyos héroes fueron la salsa y el teatro, impulsado por Enrique Buenaventura, maestro de grandes talentos como Fanny Mickey, y una generación de artistas que mantienen vivo su legado y memoria.

Hoy Cali se consolida como un distrito multicultural, biodiverso e industrial que es visto como una de las principales capitales del continente.

Ya a principios del siglo XX, Barranquilla se convirtió en la principal puerta de entrada de Colombia al mundo. En los años 1910-1930 la ciudad consolidó su propósito comercial gracias al puerto fluvial sobre el río Magdalena, que permitió la conexión del comercio exterior con el interior del país. Durante este período llegó el capital extranjero, se fortalecieron las actividades bancarias, se establecieron las primeras ramas de la industria manufacturera y la ciudad se convirtió en el epicentro de la modernización del país. EL TIEMPO analizó cómo en esas décadas Barranquilla era un símbolo de progreso, innovación y apertura económica.

En las décadas de 1930 y 1940, la ciudad vivió uno de sus momentos más distintivos: el auge industrial y el desarrollo de la aviación comercial con la llegada de Scadta, antecesora de Avianca, y la consolidación de empresas relacionadas con el comercio, la navegación y la manufactura. La Compañía Colombiana de Transporte Aéreo Alemán (Scadta), antecesora de Avianca, fue fundada el 5 de diciembre de 1919 en La Arenosa por empresarios alemanes y colombianos. El primer vuelo oficial de correo y pasajeros, fotografiado en la hemeroteca de EL TIEMPO, tuvo lugar el 19 de octubre de 1920 desde Veranillo en un hidroavión Junkers F-13, marcando el inicio de la aviación comercial en Colombia.

Durante este período se fortalecieron sectores como el alimentario, textil, químico y metalmecánico, y Barranquilla se consolidó como uno de los principales centros industriales del país. La ciudad no sólo produjo, sino que también exportó, aprovechando su infraestructura portuaria y su conexión estratégica con los mercados internacionales.

Entre las décadas de 1950 y 1980, Barranquilla conservó su papel como centro industrial en el Caribe, aunque enfrentó desafíos debido a los cambios económicos nacionales. Sin embargo, la estructura empresarial resistió gracias a la diversificación productiva y al fortalecimiento del sector portuario, que siguió siendo crucial para el comercio exterior. Durante este período se establecieron sindicatos, cámaras de comercio y cultura industrial, lo que permitió mantener la actividad económica y preparar el terreno para una nueva etapa de transformación.

El punto de inflexión se produjo en 1993, cuando Barranquilla fue reconocida oficialmente como distrito industrial y portuario especial, reconociendo institucionalmente la vocación que la ciudad había construido durante décadas. Este número permitió una mayor autonomía administrativa y facilitó la planificación estratégica para el desarrollo económico. Desde entonces, la ciudad comenzó a crear un modelo basado en la atracción de inversiones, el fortalecimiento del sector privado y la modernización de la infraestructura productiva, proceso ampliamente seguido por EL TIEMPO en sus informes regionales.

A partir de la década de 2000 y con mayor fuerza en la década de 2010, Barranquilla emprendió una profunda transformación de su infraestructura urbana, industrial y logística. La modernización del sistema portuario, el restablecimiento de la navegabilidad del río Magdalena, la ampliación de corredores viales estratégicos y el desarrollo de zonas francas y parques industriales han cambiado el rostro económico de la ciudad. Este período marcó el surgimiento de grandes empresas nacionales e internacionales, atraídas por el entorno competitivo, la estabilidad institucional y la ubicación privilegiada para la logística y el comercio exterior.

En los últimos años, Barranquilla ha fortalecido su posicionamiento como centro empresarial, portuario y logístico en el Caribe colombiano, combinando inversión privada, planificación pública y proyección internacional. Ser sede de eventos empresariales, industriales y portuarios de alto nivel, así como foros económicos y encuentros de inversión, convierte a la ciudad en un escenario clave para el desarrollo productivo del país. A 115 años de su consolidación como ciudad moderna, Barranquilla sigue una trayectoria marcada por hitos claros, decisiones estratégicas y una constante capacidad de reinventarse, confirmando el liderazgo económico registrado en la historia del país y en las páginas de EL TIEMPO.

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