El mar, el próximo campo de batalla geopolítico – Desde dentro
Aunque la Semana del Clima de la ONU de este año se centró principalmente en las regiones terrestres y



Aunque la Semana del Clima de la ONU de este año se centró principalmente en las regiones terrestres y la transición energética, existe otra fuente importante de peligro potencial que se encuentra más allá de la costa. El valor económico y estratégico de los recursos del mar (cables submarinos, corredores marítimos árticos, minerales en su lecho, etc.) intensifica la lucha por el poder naval. Y dado que los océanos del mundo ya están «más calientes», disputados y frágiles que nunca, todo esto sienta las bases no sólo para una crisis ambiental, sino también para una crisis geopolítica.
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Aunque la tierra es el fundamento principal de la civilización moderna, el mar siempre ha jugado un papel fundamental en la historia de la humanidad. Las primeras migraciones humanas (impulsadas por la necesidad, la escasez, la curiosidad o la ambición) dependían de cruzar vastos océanos; y algunas culturas (por ejemplo, las de las islas del Pacífico) desarrollaron una relación profundamente simbiótica con el mar.. Aunque hay que decir que las instituciones políticas, económicas y tecnológicas occidentales han visto el mar más como una plataforma a reclamar y explotar, que como fuente de identidad y espiritualidad.
Esta mentalidad alimentó durante mucho tiempo una competencia por el control y los recursos; e incluso cuando los imperios coloniales desaparecieron, surgieron nuevas formas de rivalidad. Y ahora que la disrupción climática enfrenta esta competencia estratégica, El mar vuelve a convertirse en una frontera geopolítica crítica.
Un «salvaje oeste»
Una de las principales conclusiones de la conferencia sobre océanos de la ONU celebrada en junio fue que el océano es ahora más que una cuestión de clima o biodiversidad. Un ejemplo de este cambio es la rotura del fondo marino. Recientemente, Estados Unidos sacudió el status quo geopolítico con su aprobación unilateral de dicha explotación en aguas internacionales, presentándola como «la próxima fiebre del oro». Esta medida revivió las ambiciones paralizadas de otros países. Pero persisten profundos desacuerdos sobre quién tiene derecho a extraer recursos fuera de las jurisdicciones nacionales, cómo medir y mitigar el daño ambiental y cómo asignar riesgos y beneficios.
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El derecho internacional (y en particular la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, UNCLOS) se está volviendo obsoleto, con el riesgo de que como resultado se produzca un vacío regulatorio. Mientras tanto, El conocimiento científico de los ecosistemas de las profundidades marinas aún es superficial, por lo que se desconoce el verdadero impacto de la minería en el fondo marino.
También hay cada vez más infraestructuras estratégicas en riesgo. Los cables submarinos que transportan el 95 por ciento del tráfico de datos intercontinental son claramente vulnerables a crecientes intentos de sabotaje (como el reciente en el Mar Báltico) y ciberespionaje.
Los pasos marítimos como el Estrecho de Ormuz son rutas para el comercio global y al mismo tiempo puntos de conflicto militar y diplomático. Y El deshielo del Ártico por el cambio climático abre nuevas rutas marítimas y el acceso a los recursos, alentando a países como Canadá, Rusia y Estados Unidos a iniciar un proceso de fortalecimiento militar en esa parte del planeta.
Estas fricciones ya están reconfigurando la diplomacia regional. El Mar de China Meridional y el Mar de Japón siguen siendo focos de tensión, con reclamaciones superpuestas y un aumento de las patrullas navales que aumentan el riesgo de errores de cálculo que podrían conducir a una guerra.
Al mismo tiempo, el océano está bajo presión debido al calentamiento y la acidificación, lo que altera ecosistemas que son vitales para la pesca y la biodiversidad marina. La sobrepesca, la contaminación plástica y las operaciones extractivas no solo ponen en peligro la salud de los ambientes marinos sino también la seguridad económica de las comunidades que dependen de ellos.
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Durante el siglo pasado, la preocupación pública por la salud de los océanos ha aumentado y disminuido, a menudo después de una serie de desastres, vertidos ilegales y la pérdida de especies clave. A veces estas crisis alentaron a los gobiernos a cooperar. El primer ejemplo de esta fuerza impulsora se produjo con las crisis medioambientales de mediados del siglo XX. La mala respuesta de Gran Bretaña al derrame de petróleo de Torrey Canyon en 1967 dio lugar a nuevos acuerdos internacionales, como el Convenio Internacional para la Prevención de la Contaminación por los Buques (MARPOL). Este desarrollo fue seguido por la codificación de normas globales bajo la CONVEMAR; y en 1992 la Cumbre de la Tierra en Río destacó cuestiones como la pérdida de biodiversidad y el cambio climático.
Hoy en día, proteger el océano es una cuestión de supervivencia; Esta es la razón por la que la salud de los océanos se ha convertido en una agenda separada, junto con las cuestiones más amplias del clima y la biodiversidad.
Hoy en día, proteger el océano es una cuestión de supervivencia; Esta es la razón por la que la salud de los océanos se ha convertido en una agenda separada, junto con las cuestiones más amplias del clima y la biodiversidad. Los avances recientes, como la expansión de las áreas marinas protegidas, la prohibición de la pesca de arrastre destructiva y el tan esperado Tratado de Alta Mar, muestran una voluntad de actuar.
Pero a pesar de estos avances, la gobernanza global sigue fragmentada. Países pequeños y medianos como Costa Rica, Vanuatu y Chile se han convertido en pioneros regulatorios que abogan por la protección marina y el uso de políticas innovadoras. Pero Sus esfuerzos pueden enfrentar resistencia en un mundo que avanza hacia una mayor competencia estratégica y una explotación ilimitada de sus recursos.
En un contexto donde las grandes potencias compiten por un suministro confiable de energía y minerales –o pesca– la necesidad de estándares internacionales choca frontalmente con la realidad geopolítica, dando lugar a una carrera entre los actores por el manejo sustentable de los océanos y aquellos que quieren restar importancia a los problemas ambientales o presentarlos como una amenaza a la seguridad nacional de sus países. Con lo que todos los países se ven obligados a moverse en un escenario multilateral fragmentado y caracterizado por la desconfianza.
La dura realidad
Hasta hace poco, la idea de que proteger el medio ambiente iba en contra del poder económico y político parecía en gran medida refutada. Pero hoy asistimos a un resurgimiento de la vieja narrativa, ahora como una excusa conveniente para los gobiernos que buscan compensar aumentos en los presupuestos de defensa o justificar recortes en la inversión social.
Este pensamiento a corto plazo sólo acelerará la llegada del día del juicio final. A medida que aumentan los costos del avance de los mares, la frecuencia de las tormentas destructivas y la pérdida de vidas, aumentará la presión sobre los gobiernos para que pasen de una gestión reactiva de las crisis a una planificación proactiva de medidas de adaptación y mitigación de las causas objetivas del problema. Ya se están empezando a ver señales de este cambio en políticas como las Directrices de Reubicación Planificada de Fiji; pero se necesitarán muchas más respuestas comunitarias.
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La presión no es sólo para el sector público. Las perturbaciones marítimas son un peligro para las empresas que dependen de las cadenas de suministro globales, como lo ilustran las recientes sequías que obligaron a los barcos a desviarse a través del Canal de Panamá hacia rutas más largas a través del Canal de Suez o alrededor del Cabo de Buena Esperanza. Estos hechos muestran que el discurso sobre la sostenibilidad está empezando a pasar de palabras de moda a problemas más prácticos y costosos en la realidad de millones de personas.
En estas circunstancias, la protección ambiental tiene menos que ver con la filantropía y más con la supervivencia. La mitigación y la adaptación a los efectos físicos del cambio climático (en tierra y mar) serán cruciales para asegurar vidas y medios de subsistencia. El cambio discursivo no es sólo semántico; refleja el creciente reconocimiento de que la seguridad ambiental y económica son inseparables.
De una forma u otra, la humanidad tendrá que regresar al océano y reconocerlo como una entidad jurídica según el derecho internacional. Porque sin una corrección oportuna del rumbo, la nueva era de la ‘geopolítica azul’ exacerbará las crisis planetarias y desestabilizará aún más el orden internacional.
María José Valverde.
– © Project Syndicate – Nueva York


