El impacto que sigue teniendo el discurso de Mark Carney en Davos – Desde dentro
No gritó, ni insultó a nadie, ni se despelucó. Habló como siempre ha hablado, con un tono más de







No gritó, ni insultó a nadie, ni se despelucó. Habló como siempre ha hablado, con un tono más de tecnócrata que de político, con una modulación serena y calmada, vestido con un traje oscuro, una corbata discreta, como si aún fuese el presidente del Banco de Inglaterra. En un mundo convulso, en el que muchos políticos parecen más actores y, a veces, payasos propensos al grito, al epíteto, a la exageración o a la amenaza, el 20 de enero y durante unos veinte minutos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, pronunció unas palabras que lo convirtieron, sin haberlo buscado, en la gran estrella del Foro Económico de Davos, por encima de académicos célebres, de premios Nobel y de otros políticos también presentes como Donald Trump o Javier Milei.
Las palabras de Mark Carney no se quedaron solo en el foro de la helada ciudad de Davos, sino que han sido citadas, reproducidas y comentadas alrededor del mundo, lo que me motivó a tratar de encontrar unos posibles fundamentos de semejante alcance.
Sin estar de acuerdo con todos sus argumentos, encuentro varias razones para explicar el impacto de este lúcido discurso. En primer lugar, Mark Carney explicó con absoluta y descarnada claridad el cambio que se ha dado en las relaciones internacionales en los últimos años. Según Carney, el mundo ya no es el que creíamos y hoy nos damos cuenta de que, durante mucho tiempo, vivimos una ficción.
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El primer ministro de Canadá, Mark Carney, durante la cumbre Apec. Foto:EFE
Países como Canadá prosperaron bajo un orden internacional, hicieron parte de sus instituciones, alabaron sus principios, se beneficiaron de su predictibilidad y, gracias a la protección de dicho orden, tuvieron una política exterior basada en reglas. Pero, ahora, dice Carney, sabemos que ese orden internacional era parcialmente falso porque los más poderosos se eximían de cumplir las reglas cuando les convenía, las normas del comercio se aplicaban asimétricamente y las leyes internacionales se empleaban con variado rigor dependiendo de la identidad del acusado o de la víctima.
Para Carney, esa ficción fue útil para muchos países y reconoce que, bajo la hegemonía de los Estados Unidos, ayudó a proveer ciertos bienes públicos, como rutas marinas abiertas, un sistema financiero internacional estable, una seguridad colectiva y un apoyo a los mecanismos para resolver disputas.
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Ruptura, no transición
Pero, hoy en día, estamos en el final de una ficción placentera y en el comienzo de una dura realidad en donde la geopolítica y los grandes poderes ya no están sujetos ni a límites ni a restricciones. Según Carney, los eventos de cada día nos recuerdan que vivimos en una era de grandes rivalidades entre los grandes poderes, en la que el orden basado en reglas está desapareciendo, los poderosos hacen lo que les viene en gana y que los débiles deben sufrir lo que les toque.
Vivimos una ruptura, no una transición. Durante las últimas dos décadas, una serie de crisis en las finanzas internacionales, la salud, la energía y la geopolítica han puesto al descubierto los riesgos de una globalización extrema. Más recientemente, los grandes poderes han comenzado a utilizar como arma la integración económica, las tarifas como apalancamiento, la infraestructura financiera como coerción y las cadenas de abastecimiento como vulnerabilidades a ser aprovechadas. Según Carney, “no podemos vivir en una mentira de beneficio mutuo con la integración, cuando la integración se vuelve una fuente para nuestra subordinación”.
No podemos vivir en una mentira de beneficio mutuo con la integración, cuando la integración se vuelve una fuente para nuestra subordinación
Mark CarneyPrimer ministro canadiense
La segunda razón que explica el extraordinario impacto de las palabras de Mark Carney en Davos es su propuesta sobre la forma con que los países que no hacen parte del club de los poderosos deben ayudar a constituir un nuevo orden internacional y, sin decirlo explícitamente, conformar un nuevo poder. Carney argumenta que no podemos volver atrás y que los países de mediano poder tienen, básicamente, la alternativa de aislarse, construir murallas y arrodillase a hacer lo que los poderosos ordenen, con la esperanza de que dicha sumisión comprará seguridad, o, aceptando la nueva realidad, deben unirse para buscar y llegar a nuevos acuerdos.
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Utilizando un lenguaje financiero, Carney dice que los países medianos deben encontrar socios para implementar una estrategia de gestión de riesgos, diversificarse para cubrirse contra la incertidumbre, comprar seguros e incrementar las opciones para reconstruir la soberanía, una soberanía que una vez estuvo basada en reglas, pero que de ahora en adelante estará cada vez más basada en la habilidad para soportar las presiones.
El primer ministro de Canadá, Mark Carney. Foto:Getty Images
Por supuesto, la gestión del riesgo tiene un precio, pero el costo de la autonomía estratégica puede también compartirse. La inversión en esa resiliencia colectiva es mucho más barata que lo que le cuesta a cada país construir su propia fortaleza. Los estándares compartidos reducen la fragmentación y las complementariedades son de suma positiva.
Así, la pregunta no es si los países deben adaptarse a esta nueva realidad. Tienen que hacerlo. La verdadera pregunta es si se adaptan simplemente construyendo murallas más altas o si pueden hacerlo con algo mucho más ambicioso, que define esta estrategia como pragmatismo. Y, como para no dejar dudas, agregó: “los poderes medianos deben actuar juntos porque si usted no está alrededor de la mesa, estará en el menú”.
Los poderes medianos deben actuar juntos porque si usted no está alrededor de la mesa, estará en el menú
Valores compartidos
Al proponer que los países de mediano poder actúen juntos e implementen esas estrategias de gestión del riesgo, Mark Carney también argumentó que, junto a ese pragmatismo o a ese realismo, deben también actuar con base en valores y principios, lo que, en mi opinión, es la otra razón de fondo por la cual sus palabras tuvieron ese extraordinario impacto.
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Citando una frase del presidente de Finlandia, Alexander Stubb, Carney afirmó que “nosotros queremos ser tanto de principios como pragmáticos”. Según Carney, el actuar con valores es algo que, en sí mismo, crea poder y el poder de los menos poderosos comienza con la honestidad y con el respeto a valores fundamentales como la observancia de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados. “Nosotros no estamos dependiendo solo de la fuerza de nuestros valores, sino del valor de nuestra fuerza”, dijo.
Al proponer esta construcción de un nuevo orden internacional, sin argumentarlo explícitamente, Carney está reivindicando viejas y sólidas ideas sobre la naturaleza de la política, de las relaciones internacionales y, en el fondo, sobre la naturaleza de los seres humanos.
En una época en la que los actores políticos tienden a girar entre el nihilismo, que niega la existencia de valores absolutos y, en el otro extremo, los que argumentan una razón meramente utilitarista, el pensamiento de Mark Carney nos recuerda que el extraordinario desarrollo que produjo la modernidad fue producto no solo de la razón instrumental que impulsó la Ilustración, sino también del reconocimiento de que los seres humanos estamos también guiados por valores y por principios éticos.
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Como lo argumentó Isaiah Berlin, la cultura occidental, como reacción a la Ilustración, aceptó que los seres humanos actuamos con base en valores, que dichos valores son plurales y les dio crédito a los románticos por introducir la idea de que la variedad cultural es en sí misma algo bueno. Pero, más importante aún, aceptó que los valores, como los dioses griegos peleando por ganar la voluntad de los hombres, pueden ser contradictorios unos con otros.
Mark Carney, primer ministro de Canadá. Foto:AFP
Las consecuencias de esta nueva concepción de los seres humanos y de la sociedad fueron profundas en muchas dimensiones, incluyendo las nuevas formas de gobierno que devinieron en la democracia representativa liberal. Y también en las relaciones internacionales.
Referentes
Al plantear la construcción de unas nuevas relaciones internacionales con base en esa conjunción entre valores y realismo, el discurso de Mark Carney en Davos nos recuerda a los precursores de los primeros grandes acuerdos del orden internacional, como el cardenal Richelieu y Klemens von Metternich.
Como pocos, Richelieu entendió que las sociedades tienen valores, pero también que son diferentes unas de otras porque poseen diversas historias, culturas, idiomas, muchas veces diferentes religiones, diversos regímenes políticos e intereses heterogéneos.
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Con esa visión, Richelieu jugó un papel central en la Paz de Westfalia, el gran acuerdo político que firmaron en 1648 los Estados europeos para acabar con la hegemonía de los Habsburgo y con la Guerra de los Treinta Años, una guerra religiosa que, en realidad, había comenzado más de un siglo antes, justo después de que Lutero colgara en 1517 sus 95 tesis en las puertas de la catedral de Wittemberg, dando origen a la Reforma Protestante y a las guerras de religión que se prolongaron hasta finales del siglo XVII.
Mark Carney también nos recuerda a Klemens von Metternich, el ministro de exteriores y canciller de Austria entre 1808 y 1848, que fue el arquitecto central del llamado Concierto de Europa, una serie de mecanismos que aseguraron que las grandes potencias de Europa, después de las guerras de Napoleón, se respetaran unas a otras, mantuvieran sus áreas de influencia y renunciaran a otras, lo que trajo una sorprendente paz al continente hasta la Primera Guerra Mundial.
Así, con base en una mezcla de alto realismo y de aceptación del pluralismo de valores, tanto Richelieu como Metternich controlaron el poder dominante de los Estados más poderosos y también se apartaron de los idealistas utópicos que soñaban con un gobierno mundial regido por una justicia universal. Estos visionarios ayudaron a convencer a sus socios europeos de que, muchas veces, al escoger un valor es imprescindible renunciar a otros, y que en ocasiones dicha elección no es necesariamente entre bienes, sino entre males, de los cuales es forzoso escoger el mal menor.
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Al proponer la acción colectiva de los países de poder mediano, Mark Carney está realmente proponiendo la consolidación de un nuevo poder que pueda hacer contrapeso a los grandes poderes que, de una forma u otra, están disputando la soberanía mundial. La historia nos enseña que dicha meta no será fácil de alcanzar porque los acuerdos como la Paz de Westfalia, el Concierto de Europa o la estabilidad que se dio después de la Segunda Guerra Mundial, entre la democracia occidental y el mundo comunista, se materializaron solo después de guerras que costaron centenares de miles y hasta millones de vidas humanas e inmensa destrucción.
Desafortunadamente, la mayoría de las veces, solo después de esas guerras sangrientas, muchos Estados se convencen de que, sin una autoridad mundial con la capacidad de hacer cumplir leyes universales, es forzoso escoger el menor entre muchos males. En este sentido, hace dos años cuando tuve el privilegio de ser expositor precisamente en el Foro Económico Mundial de Davos, escuché al historiador y profesor de la Universidad de Harvard Niall Fergusson argumentar que las democracias de Occidente se enfrentan al dilema de escoger entre una tercera guerra mundial o una segunda guerra fría.
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Dos años después, creo que Fergusson sigue teniendo razón y seguimos enfrentados a tener que hacer ese mismo tipo de elección. Contra este preocupante escenario, las esclarecedoras palabras de Mark Carney en Davos deben ser seriamente estudiadas por quienes aspiran a gobernar a nuestro país, porque crean una luz de esperanza en un mundo incierto, que ha perdido el rumbo, e invitan a los países de poderes medianos, como Colombia, a unirse como aliados y poder sentarse alrededor de la mesa de un nuevo orden internacional y no ser parte del menú.
SANTIAGO MONTENEGRO (*)
Especial para EL TIEMPO
(*) Ph. D. en Economía de la Universidad de Oxford, exdecano de Economía de la Universidad de los Andes, exdirector del Departamento Nacional de Planeación y expresidente de Asofondos.



